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El abrazo de Chacahua

“Estrellas en el cielo y estrellas en el agua”. Camaro sigue remando.

Sólo teníamos un día para llegar al Parque Nacional de Chacahua y contemplar la bioluminiscencia en su laguna. Desde Puerto Escondido hicieron falta una van, dos taxis, una lancha y una destartalada pick up para llevarnos hasta la zona turística. Nada más bajar, un cartel reza “CHACAHUA LIBRE PUEBLO UNIDO”.

A unos pasos está la playa donde una hilera de palapas espera a los turistas que se dejan caer todos los días. En cada una de ellas, se ofrece la posibilidad de dormir en hamaca o en tienda de campaña a cambio de cenar en su restaurante. Poco sabíamos de Chacahua, a excepción de su laguna brillante y de lo que habíamos podido ver en el trayecto del embarcadero a nuestra parada.

En la pick up una mujer chacahueña volvía de una boda en Río Grande, el último pueblo con todos los servicios antes de llegar al Parque. Traía fotos y souvenirs del evento, un par de juguetes de plástico y varios listones de madera que iba a utilizar para terminar de construir su cocina. Las casas de los chacahueños suelen estar hechas de todo tipo de materiales, la arena son las aceras y en más de un jardín se ven cementerios de cocos en forma de montañas.

El ambiente en la playa es alegre pero calmado. El español, el portugués y el inglés se entremezclan con fluidez y la televisión suena de fondo. Si bien la comida no es la mejor ni la más barata, la idea de dormir en una hamaca en la playa con la expectativa del sol matando la oscuridad la siguiente mañana, es argumento más que suficiente para cenar hamburguesa de pescado.

La planificación cada vez nos acompaña menos, en parte porque estamos aprendiendo a vivir sin saber qué pasará dentro de dos horas, y por otro lado, porque México te obliga a dejarte llevar sin remedio. Nosotros que estamos tan acostumbrados a obtener toda la información a través de San Google, nos hemos encontrado con la situación de que apenas hay datos útiles de otros viajeros que han pasado por Oaxaca. No hay problema, porque viajamos lento y sin fechas, pero cuando sí hay un límite temporal, no tener todo atado puede traerte algún contratiempo.

Navegando en la incertidumbre no caímos en que necesitaríamos un tour para poder ver la bioluminiscencia, estaba atardeciendo y esa era nuestra única noche. Por suerte nuestra carita de güeros atrae enseguida a cualquier persona que vive de gente como nosotros, y así sin quererlo apareció O para ofrecernos una expedición a buen precio. Dijimos que sí automáticamente y quisimos voluntariamente ignorar el rojo sobrante de sus ojos y el equilibrio faltante en su caminar.

Estábamos de suerte, esa noche no había luna que cegara el plancton, teníamos dónde dormir y quien nos llevara a ver el espectáculo. En lo que esperábamos en nuestras hamacas a que oscureciera, volvimos al monotema de estos días.

¿Queremos seguir?

¿Cómo sería volver?

¿Es momento?

¿Es una racha?

Volver… ¿A dónde?

Durante nueve meses alejados de la inercia madrileña y sumergidos en la de la itinerancia hemos descubierto mucho de nosotros, quizás demasiado. Tenemos más claro qué queremos, qué lugar ocupan los viajes en nuestra vida, y diferenciamos mejor entre necesidad y deseo. Todo empieza a apuntar tímidamente a que una forma de vida viajando quizás no sea para nosotros.

Entre dudas, palabras y balanceos nuestro guía se acercó a avisarnos de que saldríamos más tarde. Cuando viajas pierdes cosas y transformas otras, pero sobre todo agudizas los sentidos más intangibles, y ahí la intuición se dejó ver: era hora de buscar otro guía. Cenando habíamos oído hablar de un tal Camaro.

A mitad de playa preguntamos en una palapa por él, el dueño resultó ser su primo y con cara de sorpresa nos preguntó:

“¿Pero quieren ir ya? ¿Ahora?”

Con un poco de angustia dijimos que sí. Camaro no tardó ni cinco minutos en aparecer, le pillamos a punto de partir con su cliente italiano W a la expedición nocturna, pero sin ninguna prisa nos dedicó su tiempo a vendernos su tour.

Dejamos nuestras mochilas, agarramos las cámaras que de nada servirían y nos pusimos los cuatro rumbo a la canoa de madera. Atravesando el pueblo y encendiendo los ladridos de los perros a cada paso le pregunto a Camaro por qué Chacahua libre.

“Un día el Ayuntamiento llegó y sin preguntar a nadie colocó un cartel en el que ponía que Chacahua es territorio federal. Nosotros lo tiramos abajo y pusimos ése en su lugar, porque aunque dependemos de ellos la tierra es de quien la trabaja”.

Más perros.

“Una noche, de madrugada, aparecieron en una de las playas y desalojaron a la gente que allí vivía para hacerse con ese terreno y así poder venderlo. Lo volverán a intentar, pero estaremos preparados cuando eso ocurra”.

Su historia me hace pensar que todos los mexicanos con los que he conversado hasta ahora me hablan del Gobierno, de la violencia, de los 43 estudiantes desaparecidos, del machismo, de los maestros de Oaxaca… No del dichoso muro. Y todos me han dejado la sensación de que algo aquí está a punto de estallar.

También me doy cuenta de que lo que más me interesa de los lugares a los que llego, es de sus porqués contados por la gente de allí. Me saben a poco las ruinas y los edificios en comparación a una persona que me abre las puertas de su casa, de sus ideas y de su mirada.

W al frente, pegado a la izquierda; Ale detrás en el centro de su asiento; yo en el mío pegada a la derecha y Camaro atrás, todos estratégicamente colocados para mantener la canoa en equilibrio, comenzamos a deslizarnos por los manglares de Chacahua en medio de la oscuridad. Mientras atravesamos uno de los túneles de árboles comenzamos a ver las primeras chispas de luz en el agua provocadas por el remo de nuestro guía.

“Vamos a parar aquí un momento, para poder escuchar la voz del manglar”.

Los peces saltan sobre el agua y suenan a ramas quebrándose, las aves chillan desde cualquier rincón, como monos en una selva. Todo puede ser cualquier otra cosa en la oscuridad de nuestra ignorancia. Seguimos navegando, la marea baja nos estanca varias veces en el camino, lo bonito está después de lo difícil dice él. Cuando más cerca estamos del acto principal, el remo de Camaro cae al agua.

“Tenemos que volver a recuperarlo, si no tengo que esperar a que caiga un árbol para poder fabricar otro”.

Rescatamos el remo, hacemos los últimos esfuerzos y finalmente, logramos llegar a un espacio abierto donde sólo están el cielo, el agua, los islotes de árboles y nosotros. El cielo está completamente empedrado de estrellas, la vía Láctea pierde protagonismo y se confunde con el mosaico de brillantes que la rodean.

El plancton reacciona a cada movimiento y brilla más que nunca con nuestras manos jugando y creando formas. Aunque no podemos dejar de mirar, en realidad sentimos que es imposible lo que estamos viendo. En este paisaje soy la primera en dejar caer mi cuerpo en la laguna y me veo envuelta en luz, en medio del agua, de la nada y del todo al mismo tiempo.

W y Ale se unen y jugamos a sacar las manos del agua para ver cómo se escurre por nuestro brazo, haciendo que la luz caiga como diminutas y brillantes hormigas que regresan a la laguna.

Hacer fotos fue inútil…

“¿Alguna vez te cansas de esto?”

“No… Nunca…”

De vuelta a la canoa y siguiendo el recorrido vemos peces nadando y dejando una estela que recuerda a las estrellas fugaces que nos han acompañado todo este rato. Paramos de nuevo a ver el cielo.

Observar este tejado me retrae a la época de niña en la que me obsesioné con las estrellas y el espacio. Con ayuda de mi papá gasté mis ahorros en un telescopio, un gesto muy tierno si tenemos en cuenta que vivo en una ciudad. El lomo de la enciclopedia del Universo que hay en el salón de mi casa quedó desgastado de todas las veces que pasaba las mismas páginas, adelante y atrás. El retrato de Valentina Tereshkova arriba a la derecha, el astronauta que quedó allí flotando para siempre, el poder de los agujeros negros para convertir nuestros cuerpos en un sello… Datos e historias que me dejaban la misma sensación abrumadora de esta noche.

Hasta la experiencia más nueva provoca emociones que nos hacen volver, regresar a medias porque nunca se vuelve igual…

“Cuando ustedes me digan regresamos”.

Nadie dice nada.

No sabría decir si el mundo se está inundando o si el cielo se está cayendo, pero en medio de ese abrazo estamos nosotros, atrapados como el astronauta que no regresó.

Published by

Valentina Riveiro

Nací en la pequeña ciudad donde el mar se confunde con el río, y aunque crecí entre horizontes de ladrillos el agua siempre ha sido sinónimo de hogar. Escribo por placer, fotografío por evasión, hago cuadernos con cariño y viajo en arritmia. Todas mis madres comienzan por M.

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