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El roadtrip

Hoy he vuelto a tener ansiedad.

Hace tres semanas que la habitación dejó de moverse.

Tardé siete días en poner en armonía mi cuerpo con las paredes.

Y tardé otra más en echar de menos paisajes que aún no he visto.

Hemos vuelto a saborear los días que no sorprenden, los tés en el sofá y las siestas hechas de placer culpable.

Hoy he vuelto a sentir vértigo.

Estos días pasan como un reflejo de junio.

La mochila está esperando, el billete de avión, a dónde llegamos, otra despedida.

Las carreteras han clavado decenas de fotos en nuestro cuerpo, nos hemos convertido en paredes que caminan y hablan, un museo andante de sueños muy deseados y poco perseguidos.

En mi piel mosaico han quedado las librerías de gigantes de Portland y Los Angeles. Los neones, la lluvia, el viento y el sol vertical.

Las inmensas olas de la costa oeste chocando contra nosotros, mientras nos apoyamos en las secuoyas gigantes.

El fuego en la casa­bosque de Harold, el frío y los amaneceres en la playa de Malibú desde el coche, la foca que venía cada mañana.

El desierto guarda todos los colores y sus siluetas cuando atardece nos muestran nuevas criaturas.

¿Sabes cuando llegas a una ciudad que te está esperando y le susurras “era yo quien te esperaba a ti“? Slab City.

Viajé de norte a sur y de oeste a este.

También viajé a través de mi archivo cinematográfico, atravesando las calles, casinos y restaurantes que tuvieron su minuto de gloria en mis tardes de viernes, sábados y domingos.

Paisajes, más rápido, más paisajes y cada vez más rápido. Las ventanillas del coche se convirtieron en pantallas de películas que captaron más de lo que creían.

Un instante en la mirada, toda una vida en la memoria.

Y tras el cóctel de pavimento, arena, mar y cielo, llega la resaca.

México está delante. Todo está delante.
Vuelvo a sentir el vértigo de comenzar a caminar con la mochila a cuestas

Es esa tierra de nadie en la que ninguna de las dos salidas da tranquilidad. La quietud siempre tiene fecha de caducidad conmigo, y la incertidumbre sólo es dulce cuando finalmente la enfrentas.

Mi cuerpo pide a gritos su dosis de estímulos y novedad, el descanso se ha convertido en exceso y las ideas comienzan a saturar la puerta que da salida a la acción.

La lista de ocurrencias se está volviendo interminable y pocas líneas están pasando por encima de las tareas en señal de logro conseguido.

Empiezo a pensar, o mejor, a darme cuenta de que los puntos medios no existen. Demasiada libertad me aletarga y demasiado movimiento me coarta.

Y entre esos dos platos juego a equilibrar la balanza de mi tiempo para llegar siempre a la misma conclusión: hay momentos y momentos, y quizás el equilibrio consista en sacar partido a cada uno de ellos, en vez de forzar su forma y origen.

Dejar ser.

Dejar estar.

Dejarse llevar.

Hoy tengo ansiedad por volver a moverme.

He vuelto a recorrer el mundo a través del mapa, aunque sólo sean líneas, formas y nombres, un compendio que da pistas sobre distancias y puntos, pero no sobre qué pasará ni a que olerán las calles.

Puedo recorrer mil lugares a través de textos y fotos, pero es viajar a través de otro porque

hay tantas ciudades como personas las viven.

Con cada paso y recuerdo nos convertimos en arquitectos, reinventando y repitiendo sin parar.

También quiero que la ciudad juegue conmigo, ser un taco de madera en el que cada sitio talla la forma que va dejando en mí.

México está delante. Todo está delante. Y mis brazos abiertos.

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Valentina Riveiro

Nací en la pequeña ciudad donde el mar se confunde con el río, y aunque crecí entre horizontes de ladrillos el agua siempre ha sido sinónimo de hogar. Escribo por placer, fotografío por evasión, hago cuadernos con cariño y viajo en arritmia. Todas mis madres comienzan por M.

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