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Los Pueblos Mancomunados de Oaxaca

México tiene cientos de lecturas: la caótica, la pesimista, la colorida, la sabrosa, la salvaje, la natural, la caribeña… Y dentro de su caleidoscopio existen lugares que rompen con las ideas más asentadas.

Sólo en el estado de Oaxaca hay cientos de comunidades que se rigen por usos y costumbres, un sistema de convivencia que consiste en la rotación de los distintos cargos públicos necesarios para el buen funcionamiento de la comunidad: desde educación hasta los comedores públicos del pueblo, pasando por la gestión de los suministros, etc. Esto quiere decir que no hay partidos políticos, todos los habitantes activos participan en este sistema rotativo en el cual se presta servicio un año y se tiene descanso el siguiente para poder trabajar en el mantenimiento de la familia.

Para ver y comprender desde dentro esta sinergia pasé cinco días recorriendo los Pueblos Mancomunados de la Sierra Norte de Oaxaca. Una organización comunitaria integrada por ocho comunidades zapotecas que comparten un solo territorio y cuya historia data de hace más de 400 años. Hoy en día seis de estas comunidades trabajan de manera conjunta en una red de ecoturismo: Amatlán, Latuvi, Nevería, Benito Juárez, Cuajimoloyas y Llano Grande abren las puertas de sus hogares y de su tierra a cualquiera que desee profundizar en ese México que no sale en las noticias, y debería.

Descubrí un nuevo concepto de comunidad, sólido y consecuente. El servicio empieza a los 16 años, pero cualquier habitante es libre de irse a estudiar o a trabajar en otro lugar. Quien quiera residir allí debe comprometerse, y quien no, puede irse. Es por eso que no ves a nadie haciendo sus tareas de mala gana ni aburrido. Nos contaron que un agricultor francés llegó años atrás, alquiló una casa, ya que la tierra no se vende, y hasta ahora ha cumplido con dos servicios. Si bien los Mancomunados no están abiertos a que cualquiera llegue y se establezca ahí, sí hay una posibilidad de convivir con la comunidad.

En sus caminos se ocultan cascadas, mapas tallados en piedras, historias increíbles de supervivencia, mujeres y hombres fabricando pulque, tepache y sembrando maíz de colores.

Admito que inicié este recorrido sin terminar de entender muy bien el funcionamiento de los pueblos, pero una vez allí guiada por los propios habitantes de las comunidades y absorbiendo todas sus historias como agua en una esponja, descubrí un sistema autosostenible en el que se come lo que se siembra. Tuve la oportunidad de conocer a Don Ely y su maravillosa familia. En su hogar me explicó el funcionamiento de su granja en la que planta maíz, tomates, patatas… Cría cabras y guajolotes y se ayuda de dos vacas para arar la tierra. Logró diversificar su siembra gracias a un mexicano que le ofreció un trato: él le enseñaría todo lo que aprendió en Australia sobre permacultura a cambio de techo y comida. “Todo lo que somos, es gracias a ella” señala a su madre, una mujer preciosa que al día siguiente cumplía 91 años.

Mientras la conversación deriva en historias del pueblo, religión y anécdotas, comemos un guiso con tortillas de maíz y tamales, hechos ahí mismo por su mujer, que es pura sonrisa. Pocas décadas atrás en Benito Juárez se cocinaba prendiendo una hoguera en el centro de la cocina, el humo hacía llorar y traía serios problemas de vista y espalda a largo plazo. Una arquitecta ofreció su ayuda a las familias: les llevó consigo hasta Guatemala para enseñarles a construir una cocina lorena, es decir, de lodo y arena. Con eso el humo quedaría fuera y ellos podrían cocinar de pie. A día de hoy puedes ver esta cocina en cada casa.

Muchos de estos pueblos se formaron durante la Revolución en la que muchas familias huyeron a las montañas y se establecieron trabajando la tierra y formando pequeños asentamientos que hasta hoy han crecido. Quizás la historia de Nevería es la que más me sorprendió: cuando llegaron los primeros pobladores era casi imposible sembrar debido a las bajas temperaturas del lugar, todo lo que plantaba acababa congelado. Lejos de rendirse, decidieron que “si Dios nos da hielo, trabajaremos el hielo”. Con esta idea cavaron varios pozos rectangulares que llenaban de agua y dejaban que se congelara durante el invierno. Cuando se acercaba la primavera, partían el hielo en bloques que podían manejar, los cargaban en los burros e iban andando durante dos días hasta la capital Oaxaqueña para venderlo allí mismo. De ahí el nombre del pueblo que a día de hoy, aunque ya pueden dedicarse a la agricultura, permanece como resquicio de unos inicios tan duros como ingeniosos.

Nuestro guía también nos habla de lo que significa para ellos recibir gente y mostrarles el otro México: “porque no todo es como en las películas ¿sabe? En este país no todos somos narcos, y eso es importante que la gente lo vea, romper esa imagen que se empeñan en cargarnos una y otra vez”. Yo me paro a pensar lo atractivo que me parece todo esto en comparación con otras cosas a las que se les presta más atención.

En Cuajimoloyas entendí cómo la necesidad trae saber. En uno de sus bosques de camino a un mirador, aún existe la cueva donde sus antepasados se escondieron durante la guerra. Para evitar ser descubiertos, tuvieron que prescindir de animales que podían hacer ruido y atraer a cualquier persona, así que empujados por esa situación de incógnito, empezaron a probar las plantas y los hongos que allí crecían, hasta alcanzar un profundo conocimiento de sus propiedades. Mientras camino mi guía me ofrece una hoja de poleo, la mastico y seguimos rumbo al Cañón del Coyote.

Descubrí negocios familiares entre las montañas y persistiendo durante generaciones, como la piscifactoría “Cara de Leon”. Tres estanques de hormigón hacen de hogar para las truchas que pescan, limpian, cocinan y te sirven en el momento en el patio de su casa, convertido en comedor. Don Nacho y Juana hablan en zapoteco entre ellos y hacen un esfuerzo por enseñar a su hijo y evitar que la lengua se pierda. El pequeño nos enseña una foto de su padre posando a su vez con su padre y su abuelo. Cuatro generaciones en una estampa mientras las truchas rellenas de chícharos y mayonesa con chipotle se cocinan en la lorena. En los últimos años hasta tres temporales han arrasado con el negocio, teniendo que volver a empezar desde cero cada vez que la piscifactoría quedaba arruinada.

Es imposible quedarse con cada anécdota, dato, nombre y lugar de las historias que rodean a los Pueblos Mancomunados de la Sierra Norte. Cada lugar guarda su identidad, su sistema, su tradición y su gastronomía, pero todos se complementan a la vez El ecoturismo en los Mancomunados tuvo sus inicios en los noventa cuando los Pueblos se dedicaban solo al aprovechamiento forestal y la agricultura. El capitán Pablo, un piloto aéreo mexicano y amigo de los Mancomunados que conocía la zona, vio todo el potencial que la naturaleza y su gente guardaba para aquellos turistas que comenzaban a buscar lugares en los que caminar y compartir tiempo con los lugareños. Fue así como comenzó el plan de ecoturismo en coordinación con las autoridades comunales de los Pueblos Mancomunados y un grupo de amigos amantes de la naturaleza. Nadie creyó en el proyecto al principio, Adelfo me cuenta que no entendían por qué alguien en el mundo iba a querer ir allí a perderse en sus caminos, comer lo que ellos comían y entender cómo funcionaban. Pero finalmente accedieron a la idea con la intención de hacer prosperar a las comunidades.

“Un año nos llevó a los representantes de cada pueblo a la feria de turismo que se celebra en Ciudad de México. No sabíamos qué hacer ni cómo dirigirnos a la gente, nos daba demasiada vergüenza”. No puedo evitar sorprenderme, porque Adelfo me parece simplemente un comunicador nato.

El capitán Pablo pasó años con ellos aconsejándoles sobre las instalaciones, cómo atender a los turistas, cómo gestionar los recursos naturales… Fue un proceso de aprendizaje largo y tedioso en el que no faltaron las dudas sobre si continuar o no, pero cada año el goteo de turistas incrementaba, lento pero seguro. Ampliaron actividades, ganaron confianza y a día de hoy, es parte de su cotidianidad. Gracias al proyecto los Pueblos han prosperado notablemente y si bien la agricultura sigue siendo su principal fuente de sustento, ya no es la única.

En los Mancomunados yo sentí que había dado con un sistema de democracia real y sostenible, en el que el concepto de comunidad va unido al de individuo, se entiende sin esfuerzo que todos forman parte del lugar en el que hacen sus vidas y se necesitan para avanzar. Hay un profundo amor y respeto por la tierra que trabajan, por su historia, su cultura y sus tradiciones, y la ecología no es una etiqueta ni una pretensión, sino parte de ellos y de lo que hacen.

En México es fácil encontrar ese respeto e interés por los orígenes prácticamente en cada rincón, un sentimiento de pertenencia que permite mirar hacia delante sin olvidar de dónde se viene. Para alguien como yo que nunca se ha sentido de ninguna parte, es una actitud que me produce envidia y admiración a la vez, me hace recapacitar en lo poco que sé sobre mi procedencia, y es que los mexicanos me ponen un espejo en la cara cada vez que saben responder a mis dudas sobre este interminable país.

He disfrutado este lugar como ningún otro por dejarme ver el otro México.

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Valentina Riveiro

Nací en la pequeña ciudad donde el mar se confunde con el río, y aunque crecí entre horizontes de ladrillos el agua siempre ha sido sinónimo de hogar. Escribo por placer, fotografío por evasión, hago cuadernos con cariño y viajo en arritmia. Todas mis madres comienzan por M.

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